El gran olvidado de la Navidad

El gran olvidado de la Navidad

Va terminando el año…

Cuando llega esta época se multiplican las despedidas, las vidrieras de los centros comerciales comienzan a decorarse con enormes árboles, trineos, y el infaltable “Papa Noel” que de solo verlo tan abrigado nos da calor,

-cuidándose muy bien de excluir el pesebre-.

Los negocios y las propagandas nos anuncian la proximidad de las fiestas y expresamos, de una manera u otra, nuestros sinceros deseos de “felices fiestas”:

Se nos impone ser felices por la fuerza. Esta imposición  ejercida sobre la felicidad suele causar angustia en mucha gente -obligada a ser feliz por decreto- porque quizás está pasando por un mal momento y como no puede, el sentimiento de frustración es doble. Ni hablar de la pérdida de un ser querido: las fiestas siempre acentúan el dolor de la ausencia. La soledad y el recuerdo de los que no están, nos llena de tristeza y melancolía. Estos sentimientos hacen que estas fechas sean algo mas para olvidar, o esperar que pasen y se terminen rápido…

Y con la llegada de las fiestas comienzan también nuestras preocupaciones. Suelen surgir sentimientos encontrados que poco tienen que ver con el verdadero sentido de la navidad, que se han ido colando como tantas cosas que nos invaden, como los yuyos cuando un jardín se descuida. ¿Se animan a enumerar una lista de nuestras “preocupaciones” navideñas para intentar después recuperar su verdadero sentido?:
¿Dónde y con quien lo vamos a pasar? elegir el lugar no es nada fácil. La dueña de casa es la que mas trabaja, y cuando todos se van a saludar a otros amigos o familiares, le queda un tendal de platos sucios y unos cuantos improperios poco navideños contra los invitados.
Ocupa otro capítulo el tema de “con quién pasarlo”, cuando no estamos peleados, nos molesta su forma de ser, o nos resulta un plomo para aguantarlo toda la noche…
¿Qué nos vamos a regalar? este tema en tiempos de crisis se vuelve particularmente conflictivo para muchos: regalos caros para algunos y nada para otros. Nos atrapa la fiebre del consumismo, que hizo de la navidad una caricatura del neo-paganismo, pensamos “no sé si comprarle o no a fulano, que siempre se hace el distraído y después no te regala nada”.

La pirotecnia y el alcohol: que suma ruido y más de un accidente, plata verdaderamente quemada, ni hablar del exceso de alcohol “¡porque es una noche para festejar y olvidarse de todo!”. A eso hay que sumarle la indigestión por los excesos gastronómicos. Si Dios eligió la pobreza de la cueva de Belén, la navidad del derroche, la pirotecnia y el alcohol resultan francamente grotescos.
Preocupaciones humanas que nos dejan frustración y el sabor amargo del egoísmo. Son todos matices de una mirada pobre y materialista de la fiesta del nacimiento de Jesús.

Pero la causa más profunda de este desajuste entre lo que se debe sentir y lo que se siente, es porque tenemos una idea equivocada acerca del motivo por el cual debemos estar “felices”:

Dios irrumpe en la historia de la humanidad, en la historia de todos, y en la nuestra personal. A él debemos confiarle nuestro pasado para que atesore las cosas buenas y nos cure de las malas. Si la llegada de Jesús dividió la historia en dos, podemos dejar que él haga de nuestra historia personal una realidad más rica y más fecunda para la vida de los demás. Me pregunto si lo dejo entrar en mi historia de vida, para dejarle más lugar que el año anterior.
El Evangelio de Lucas nos relata que “llegado el momento de ser madre, María dio a luz a su hijo y lo acostó en un pesebre, porque nadie tenía lugar para ellos en Belén” (Lc. 2, 6-7). María y José también buscaron casa en aquella primera navidad, golpearon puertas, nadie los recibió. Siempre la indiferencia frente al nacimiento de Jesús-como nos pasa hoy- solo se acercaron a saludar algunos pastores de ovejas y algún curioso de la zona, pero la mayoría se refugió en su indiferencia. Sin embargo, Dios entraba en la historia, como entro en la tuya y en la mía, dándonos la vida, la alegría de ser sus hijos, y la salvación.
¿Tendría sentido comer, festejar y alegrarse dejando de lado al del cumpleaños? ¿Si los que celebramos el cumpleaños fuésemos nosotros como nos sentiríamos? Muchas veces nos juntamos a celebrarlo con amigos y familiares ¡qué bueno hacerlo en esta navidad sumando al del cumpleaños! Hagamos el pesebre y brindemos frente a él, agradeciendo el regalo de su amistad y de su cercanía en tantos momentos difíciles! Y pedirle a la estrella de Belén que nos siga iluminado en las noches de la vida, porque la felicidad y la paz son consecuencia de su luz que brilla en nuestras tinieblas…
Es noche de reconciliación y perdón. La peor hipocresía es la del orgullo que nos impide acercarnos al otro cerrándole la puerta “porque no hay lugar”.
Con él están los que se fueron, por eso no los recordaremos con tristeza. Están de otro modo presentes en nuestra vida. En EL se borra toda soledad o melancolía, la verdadera felicidad tendrá que ver con tu capacidad de salir al encuentro del otro, de apertura al misterio de Dios. La felicidad no se puede crear artificialmente, es consecuencia de un estado interior, del alma.
Dios será el regalo mas grande, su amor la mejor comida y la luz del recién nacido la mejor pirotecnia. Dios entro en el tiempo, Dios se hizo hombre. Ojala que esta fiesta sea la ocasión para que vivas más en serio el espíritu navideño y poder celebrar, de verdad, una Feliz Navidad.

Damián

Cura Párroco de Castelli